El Sabio y el Filósofo

13 04 2011

Tal vez sea útil recordar de qué manera se llegó de antiquísimo ideal de sabiduría, anhelo permanente del género humano, a este otro ideal -más prudente, más moderno- de filosofía, que se acuña en Grecia allá por el siglo VI, en la secta de los pitagóricos, según se dice.  Filosofía es lo que hace quien anhela la sabiduría; el que sin poseerla, aspira a ella. Esto quedó testimoniado incluso en la estructura del término griego (filos: amigo; sofia: sabiduría).

El punto clave va a ser, por tanto, comprender qué significa ‘ser sabio’ para los pueblos antiguos, incluyendo a los griegos.  Hay un hecho cierto: la antigüedad -griega y no griega- no ligaba el saber del sabio a una conquista personal, ganada sólo en el estudio paciente de las cosas y de los textos; la sabiduría que hacia al sabio esencialmente diverso de los demás hombres provenía de una suerte de comunicación con las divinidades (o la divinidad).  Es sabio, el que conoce la voluntad que gobierna el universo (arúspice), el intérprete o narrador de su acción (poeta) o el ejecutor de quella voluntad en el mundo social (soberano).

En el Viejo Testamento, por ejemplo, la figura del sabio está maravillosamente representada por el rey Salomón.  Como hijo de rey, Salomón fue educado en todas las ciencias de su tiempo, adiestrado en todas las artes y en todos los refinamientos de la Corte.  Sin embargo, su proverbial sabiduría no consistirá en la acumulación de todos estos conocimientos y habilidades; su sabiduría va a estar ligada a un acto de obediencia y sometimiento.  Sabio lo es sólo el ejecutor de la voluntad de Dios, ‘el guardador de sus preceptos y el seguidor de sus caminos’, ‘Jehová me poseía desde el principio’.  Por eso Salomón es sabio, porque Dios le ha enseñado los caminos que conducen a Dios y por los que Dios se allega al mundo.

La sabiduría consiste, en último término, en una relación entre dos voluntades: la Voluntad de Dios que es confidencia y don, y la voluntad humana, la del sabio, atenta a la palabra y a los signos de aquella otra Voluntad.

Ahora bien, fuera de esta relación sobrenatural y quebradiza, el sabio pueda, como sucede a Salomón, llegar incluso a despertar el saber culto acerca del mundo, o el saber técnico, ambos como ‘vanidad de vanidades’ y declarar que ‘allí donde se añade ciencia, se añade dolor'; exaltar la vida simple del amor, de la vianda y del vino e insistir, una y otra vez, en que toda sabiduría real está fundada en el temor de Dios.  Esto es lo que un pensador contemporáneo ha llamado ‘saber de salvación’ en contraposición a los otros dos señalados.

Dentro de esta concepción, el saber del sabio tiene más que ver con el sabor (el sabor que va dejando la experiencia de una vida)que con el saber como mera acumulación de noticias.  Pues, no es sabio el que sabe un poco de muchas cosas (‘el hombre bien informado’) ni mucho de pocas cosas (el especialista).  Sabio es quien puede discernir qué es lo que vale la pena seguir en la vida (saber de salvación).  Así, el autor de El Cantar de los Cantares, el rey que “propuso mil parábolas, que compuso 1.005 versos, que disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared, y que habló de los animales, de las aves, de los peces y de los reptiles, el rey que construyó la Casa de Dios, que edificó ciudades, que administró justicia y que alegró la vida de su pueblo”… en fin, “el más sabio de los hombres”… cuenta su vida con la pesadumbre de quien ha probado el sabor amargo de todas las cosas.

Yo, el predicador, fui rey de Israel… y di mi corazón a adquirir y buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del Cielo… Yo miré las obras que se hacen debajo del Sol, y he aquí que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.  Lo torcido no se puede enderezar y lo falto no puede cortarse.  Y di mi corazón a conocer sabiduría y también a entender las locuras y los desvaríos: conocí que aun eso era aflicción de espíritu.  Porque en el mucho saber hay molestias y quien añade ciencia, añade dolor.

En resumen, para el sabio antiguo: a) El saber no es obra de una conquista personal, sino de una revelación.  El saber proviene del oír tal revelación (oh: a causa de… audiere: oír). b) La revelación proviene y depende de un Dios personal. c) El saber se refiere a algo que interesa al hombre para que sepa ‘a qué atenerse en la vida’ (saber de salvación).

Ahora vamos a ver qué rasgos distintos del sabio antiguo se conservan en aquel nuevo modo de pensar que surge en las colonias griegas, allá por el siglo VI.  En primer lugar, lo veremos en un hombre -en un gigante del pensamiento arcaico- que sin duda fue el que estuvo más cerca de ese ideal que hemos descrito.  Nos referimos a Heráclito de Éfeso.  Y veremos que hay ciertas semejanzas, incluso en el estilo, con el supuesto autor de los Proverbios y del Eclesiastés: lenguaje sentencioso, poderosamente poético, oracular.

Pero, por sobre la semejanza de estilo y otras de fondo, que ciertamente las hay, divisaremos al mismo tiempo qué es lo que ya viene gestándose en Grecia -yya antes Heráclito- como diferente, como extraño a la religiosidad tradicional y que muy pronto terminará estableciéndose en el mundo occidental como pensamiento filosófico.

Dice Heráclito: Lo uno -el único sabio- quiere y no quiere ser llamado con el nombre de Zeus. Analicemos este fragmento.  Es evidente que esta sabiduría no es algo propio del hombre, puesto que hay una sola cosa sabia: lo Uno.  Pero, afirma además que esto Uno quiere y no quiere ser llamado Zeus.  Para Salomón la sabiduría es de Dios, el Ser creador de todos los entes.  Es este Ser el que por iniciativa absolutamente suya privilegia algunos entes,  concediéndoles algo de su sabiduría infinita.  Aquí, en cambio, en el pensamiento de Heráclito, nos encontramos con la sabiduría de lo Uno, que quiere y no quiere ser llamado Zeus; que lo quiere, si con el nombre de ‘Zeus’ entendemos no una cosa, por más potente y espiritual que sea, sino el orden o la armonía que gobierna a la multiplicidad de todas las cosas, volviéndolas hacia lo Uno: universo; que no quiere, en cambio si entendemos por ‘Zeus’ un ente entre los entes, aunque sea un Dios poderosísimo; y menos, un dios, tal como lo imaginaban la tradición religiosa griega, Homero y los narradores de mitos con todos los vicios humanos agigantados por un poder y una inteligencia superiores.

Finalmente, Heráclito nombrará a lo Uno de un modo que seguramente terminó de desconcertar a toda la tradición religiosa: lo unifica, lo que armoniza e integra es el logos. ¿Qué significa este término -logos- que incluso hoy no nos atrevemos a traducir al castellano y continuamos escribiéndolo en griego? Conformémonos con una lejanísima aproximación: logos en Heráclito e suna especie de pensamiento hablante que va diciendo su discurso -que va dando su sentido- no con palabras, sino con las cosas del universo.  A veces se le traduce por ‘Razón’.  Y justamente porque el logos refiere unas cosas a otras, por que las liga en un movimiento bello, inteligente y eterno, es que esta unidad en cuanto visible a los ojos mortales se llama ‘Cosmos’.

La religiosidad griega – que hoy denominamos ‘mitología’- tendía a divinizar todo lo que nosotros cualificamos como ‘fenómenos naturales': la furia de los vientos, el germinar de las plantas, el aparecer de una corneta, la amistad, el amor, etc.  La mente griega atribuía cualquiera de estos acontecimientos a la acción de un dios o de un espíritu preocupado por el engranaje del Cosmos y el destino de los mortales.  Y la narración de estos hechos extraordinarios (pero, no menos verdaderos a los ojos de su fe) es lo que los primeros griegos llamaron ‘mito’.

Pues bien, el Dios de Heráclito, lo Uno, poco tiene en común con los dioses de que habla el mito.  Es logos, es razón.  Por este motivo no quiere llamarse ‘Zeus': porque no tiene ojos, ni rostro, no deseos, porque no es persona ni cuerpo.  Es sólo la armonía misteriosa que ‘unifica diversificando y diversifica uniendo’.  La idea de un dinamismo puro, siempre diverso en su unidad, es esencial para la comprención de este logos heracliteano.  De allí que el fuego, siempre el mismo, pero también siempre diverso, sea para Heráclito como la sustancia íntima del mundo visible.

Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ningun dios ni ningun hombre, sino que fue siempre, es y será fuego siempre vivo que se enciende y se apaga  con medida (Frag 30).

Es cierto, como haciamos notar, que además del estilo sentencioso, que aúna a Salomón y Heráclito, hay una actitud semejante dentro de todas las diferencias conceptuales: el dejarse guiar por la poderosa voz que todo lo domina -llámese dios o logos- y cuyo sentido sería locura evadir. Pues,

¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que nunca desaparece? (Frag 16).

Es cierto, pues, que en Heráclito subsiste el saber como revelación y algunos rasgos de antigua sabiduría, rasgos por lo demás que volverán una y otra vez en la historia.

Sin embargo, en la sabiduría salomónica y, en general, en la actitud propiamente religiosa, ser obediente, ser obediente significaba entrar en una relación con la persona de Dios y, en un encuento cuya iniciativa correspondía exclusivamente a Dios.  En el caso de Heráclito, por el contrario, la obediencia consiste en una suerte de lúcida entrega e integración al logos del universo.

La sabiduría consiste en una cosa: conocer el Logos, por el que todas las cosas son dirigidas por todas las cosas (frag 41).

Pero, si exceptuamos el caso de Heráclito, lo que distingue al filósofo del sabio antiguo es que el filósofo no hace depender su saber de la iniciativa de un Dios, sino de una pregunta original que él -el filósofo- dirige directamente a las cosas y este preguntar supone que las cosas pueden mostrarse en su verdad, revelar lo que son desde ellas mismas.  Históricamente, el primer interrogado fue el Cosmos, en su totalidad.  Por eso al primer periodo de la filosofía se le ha llamado PERIODO COSMOLÓGICO.

 

About these ads

Acciones

Information

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: